Una vida (de
Sylvia Plath)
Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.
Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.
A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.
Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.
En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.
Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.
Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.
El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.
Sobre Sylvia Plath, nació en Boston en 1932. Fue una
niña inteligente que qurís saberlo todo, le encantaba la comida, el mar, que la
leyeran y que en definitiva le prestaran atención.
Sylvia Plath publicó tan sólo dos libros en vida: un libro
de poesía, titulado El coloso y otros poemas, en 1960, y una novela, La Campana de cristal,
publicada en 1963 un poco antes de su fallecimiento.
El resto de su producción literaria fue publicada
póstumamente. Toda la prosa y la poesía que escribió para publicar tiene tres
denominadores comunes.
Por un lado, su gran
ambición de éxito, su ardiente deseo de ver en letra impresa toda su
producción literaria; esta ambición contrasta con su frágil personalidad.Resulta
exagerado observar que ya desde la infancia planificara su futuro como una vida
de escritora superdotada y famosa, de magistral profesora de literatura, de
excelente esposa y de madre perfecta.
Por otro lado, la continua
búsqueda de esa perfección es otra de sus obsesiones. Cuando no alcanzaba
las metas que se proponía de forma impecable, cuando cualquier error, cualquier
bache se interponía en su camino, caía en una depresión de la que le costaba
salir la mayoría de las veces.
Y por último, su
fijación por la muerte, que la persiguió toda la vida. Desde que su padre
falleció cuando ella tenía sólo 8 años, la muerte fue para ella una vía de
escape, una solución salvadora a la que recurrir cuando los errores salpicaban
su vida “imperfecta”, según su criterio. Eso ocurrió cuando a los 20 años
sufrió una fuerte depresión e intentó suicidarse, y volvió a repetirse a los 30
años cuando se quitó definitivamente la vida.











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